El amante de los libros
 

Mario Rommel Arce Espinoza

 11SET2019

 

A lo largo de la historia los libros fueron juzgados de útiles o inútiles si no se ajustaban a los parámetros del orden social establecido, y a las exigencias del mercado laboral. Sin embargo, se olvida lo que representan para la humanidad.

Ese soy yo, sin modestia. Mi comienzo como lector es tardío, cuando acabo el colegio descubro el mundo de los libros. Hasta entonces me había acostumbrado a memorizar los textos de enseñanza en el colegio, una mala práctica, por cierto, pero alentada por los profesores que otorgaban una buena calificación si uno repetía los contenidos del cuaderno. Llegué al convencimiento de que memorizar no servía, perdía tiempo, era poco lo que aprendía. Se produjo una reacción hepática. Las separatas de la universidad eran lo mismo, textos breves o largos que había que aprender para demostrar que uno había estudiado. Era mejor entregarse a la lectura de los libros, incondicionalmente, sin límites, de lo que uno quisiera, de aquello que llamara la curiosidad del lector.

Esta condición me di cuenta no era sencilla, requería disciplina, constancia, responsabilidad, perseverancia, horario de lectura establecido. La práctica crea el hábito de la lectura, al punto que no se puede vivir sin leer. Hay una necesidad vital de hacerlo, pero a medida que uno lee, siente que el horizonte se amplía más, y al mismo tiempo siente que falta mucho por aprender, esta vez, dicho con humildad. Pero tanto conocimiento adónde lleva, ¿es productivo todo ello? sobre todo en los tiempos que vivimos, ¿la erudición tiene alguna finalidad?

Una de las crisis habituales de cualquier lector impenitente, es encontrar un sentido a las horas de lectura invertidas. Estas aprehensiones no son solo de ahora, con anterioridad varios autores se ocuparon del tema. El abogado italiano Josef Antonio Constantini en sus “Cartas críticas” (Madrid: 1777, Tomo X) escribió sobre el término utilidad, refiriéndose a la capacidad de administrar la lectura de los libros. El autor recomendaba que “la verdadera utilidad del particular es tener pocos libros, pero buenos”. Al respecto, afirmó que el lector debería privilegiar la lectura de los libros de su especialidad. En su opinión, no era provechoso que el lector distrajera su atención en lecturas que no iban en beneficio de su formación profesional. Llegó a decir lo siguiente: “El gusto de formar grandes librerías es un vicio, que conspira a que el que las forma quede ignorante en las cosas humanas, y que hace perder el tiempo sin fruto ni provecho del verdadero estudio del hombre”.

Sin embargo, lo dicho por el abogado Constantini, acerca de la utilidad de los libros, hace pensar sobre la utilidad de invertir tanto tiempo en la lectura. Es útil si se traduce en un beneficio directo a nuestra profesión u oficio, es inútil si solo se trata de un ejercicio espiritual, para satisfacer otro tipo de necesidades, como ansia de conocimiento. Este argumento del autor italiano es el retrato de una época, en que también se sostenía que los buenos libros fueron aquellos de contenido religioso. En esa línea de pensamiento, dijo: “(…) son libros buenos la Sagrada Escritura, sus comentarios, los teológicos, los dogmáticos y otros semejantes (…)”. Sobre la utilidad de los libros, se preguntaba de qué servía leer tanto si la persona no se preocupaba primero por fortalecer sus valores.

Antes de continuar, debo mencionar que las “Cartas críticas” de Josef Antonio Constantini están dirigidas al rey, para que sea virtuoso en el ejercicio de su cargo. Por supuesto, las cartas ponen de manifiesto la mentalidad de una época que todavía ejerce la censura de los libros.
Pero no fue el único con ese tipo de pensamiento. Un siglo después, el presbítero español Jaime Balmes en su “Curso de Filosofía Elemental” (París, 1848), dijo sobre la lectura que debían tenerse en cuenta dos cosas: escoger bien los libros y leerlos bien.

El autor previene a los lectores a no leer libros “que extravíen el entendimiento, o corrompan el corazón”. Y agregó: “Las lecturas irreligiosas o inmorales no conducen a la ciencia, por el contrario son una fuente de frívola superficialidad”. Esto quiere decir que los libros contrarios a la religión católica tenían el carácter de inútiles, porque no eran buenos libros. ¿Quién decía que no eran buenos libros? ¿Con qué autoridad se determinaba si eran o no buenos libros? ¿En nombre de quién se juzgaba el contenido de una obra? El texto estaba censurado por el Estado o la Iglesia Católica, en un contexto histórico de predominio de dos poderes sociales: el poder político y el poder religioso, de acuerdo a lo dicho por el jurista alemán Enrique Ahrens en su “Curso de Derecho Natural o de Filosofía del Derecho” (Madrid, 1841). La maquinaria del Estado, durante el Antiguo Régimen, perseguía a los autores y sus obras que atentaban contra el orden establecido, mientras que las sucesivas ediciones del “Index Librorum Prohibitorum” censuraron las obras de contenido inmoral o que iban en contra del dogma católico, también estaban las palabras consideradas de uso exclusivamente religioso. Así, por ejemplo, decir sagrado, para referirse a una relación amorosa, estaba censurado. Sagrado solo era Dios. Una experiencia posterior fue la secularización del lenguaje.

El control desde el Estado y la Iglesia Católica en el periodo anterior al Antiguo Régimen fue determinante en el orden de las ideas.


En otro párrafo, el presbítero Balmes no coincide con la práctica de la lectura inmoderada. “Queriendo saberlo todo (decía), se llega a no saber nada”. Vuelve, otra vez, a plantearse el tema de la utilidad de la lectura. Es un dilema tan antiguo que merece un comentario aparte.

Hay, por supuesto, otras consideraciones para creer que no hay límites para el conocimiento. Sin embargo, con esa vocación humana por estereotiparlo todo, hay criterios para agrupar los libros por materias, y también en función de las edades, hay tipos de literatura sugeridos. Lo cierto es que siempre ha existido la idea de juzgar a los libros en base a razones políticas, ideológicas y religiosas. La élite letrada ha sido igualmente un factor importante para atribuir valor a una obra. La crítica literaria hace lo propio con las obras debidas a la creatividad del escritor. Así como hay una institución histórica, también hay una institución literaria (corporaciones de escritores o poetas), que reviste de autoridad a una obra. Pero también está el público lector, que a fin de cuentas premia con su aceptación la obra de un autor.

Es innegable que existe un amor por los libros, por lo que representan en nuestras vidas. Esta experiencia forma parte de la cultura letrada de un país. Pero también es una experiencia personal, por los cambios producidos en la forma de pensar de la gente. Esta devoción tiene ejemplos históricos, como el Quijote, que a pesar de las vicisitudes que vivió, su vida se nutrió de los libros de caballería para abrazar una causa que dio sentido a su vida. Era el poder de los libros, que alimentaron su imaginación a tal punto que creó un universo paralelo. Eso que los cuerdos llamaron locura, no fue otra cosa que ganas de liberarse de los controles de una sociedad que había olvidado los antiguos valores del caballero andante.

En el siglo XX, el gran escritor francés Claude Roy (1915 – 1997) publicó un texto titulado “El amante de las librerías” (1984). Allí contó su historia con los libros. De cómo su pasión se vio correspondida por el dueño de una librería, que le prestaba los libros a domicilio. “De libro prestado a libro vuelto a tomar, sentía crecer una confianza cada vez más justificada”. Así lo dijo Claude Roy, convencido de que “los libros son personas, o no son nada”. De acuerdo a él, el amor por los libros es la verdadera “pasión inútil”, porque a los libros se les quiere por el solo placer de tenerlos, sin ninguna otra justificación. Pero, al mismo tiempo, plantea la utilidad de los libros como buenos compañeros de ruta.

En mi opinión, son amigos incondicionales que están allí, en las estanterías, a la espera de ser conocidos, en procura de suministrarnos conocimiento e información valiosa. ¿Por qué negarnos la oportunidad de conocerlos? Si están en las bibliotecas, hay que ir a su encuentro. Imagina que cada libro es una promesa de superación, de cambio, de potenciar las ideas, de ampliar el horizonte formativo. Si los libros están en la librería, no dudemos en comprarlos, hay que invertir en nuestra propia formación.
Algo recurrente en el artículo ha sido la noción de utilidad, atribuido a la lectura de los libros de consulta. El solo hecho de hablar de utilidad equivale a decir que el libro debe tener un sentido práctico para el lector. En medio de esa disputa por la utilidad del libro, el pensador inglés John Locke dijo de la poesía lo siguiente: que “en el monte Parnaso el aire es agradable, pero el suelo es estéril”. En otras palabras, es inútil, porque no tiene sentido práctico. En cambio, el poeta francés Baudelaire expuso la otra cara de la moneda: “Ser un hombre útil me ha parecido siempre como algo en verdad espantoso”.

La poesía humaniza, sensibiliza al ser humano. Es la expresión más depurada de los sentimientos. En la poesía emerge lo más sublime del espíritu. Como si fuera una obra de arte, requiere del talento del artista para hilvanar las palabras. En pocas palabras, precisas muchas veces, encierra un enorme contenido de significados con dimensión filosófica.
En su manifiesto “La utilidad de lo inútil” (Acantilado, 2013), el profesor italiano Nuccio Ordine pondera la importancia de los saberes humanísticos por encima de los conocimientos prácticos, que a fuerza de un criterio moderno de utilidad en el mercado laboral, han cobrado auge en desmedro de otras disciplinas, que son apreciadas, equivocadamente, como poco productivas. En los últimos tiempos, se ha impuesto un sentido mercantilista de las profesiones y oficios, valorando su rentabilidad comercial, olvidando que un deber fundamental de los centros de enseñanza superior, es formar a ciudadanos comprometidos con su sociedad, capaces de aportar en beneficio del desarrollo civil y cultural de la humanidad.

Si se emplea un sentido utilitarista de las cosas, pocas cosas tendrían sentido, pero hay actividades humanas como leer, que requieren una inversión de tiempo, para obtener beneficios personales, y si ese conocimiento se traduce en producción intelectual, el beneficio también será para la humanidad.

 

 

 

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