¿Qué es el "Ecosocialismo"?

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Michael LOWY

 

 

 

 

El  crecimiento exponencial de la contaminación del aire en las grandes  ciudades,  del agua  potable y del medioambiente en general;  el calentamiento del planeta,  el derritimiento de  los glaciales polares, la multiplicación de catástrofes “naturales”; la destrucción de la capa de ozono; la destrucción, a una velocidad creciente, de los bosques tropicales y la rápida reducción de la biodiversidad por la extinción de miles de especies; el agotamiento de tierras, su desertificación; la acumulación de residuos, principalmente nucleares, imposible de manejar; la multiplicación de accidentes nucleares y la amenza de un nuevo Chernobyl; la contaminación de la comida, las manipulaciones genéticas, las “vacas locas”, la carne con hormonas. Se encienden todas las alarmas: es evidente que el curso enloquecido de las ganancias, la lógica productivista y la mercantilización de la civilización capitalista/industrial nos conduce a un desastre  ecológico de proporciones incalculables. No es ceder al «catastrofismo» constatar que la dinámica del «crecimiento» infinito inducido por la expansión capitalista amenaza los fundamentos naturales de la vida humana en el planeta.1


¿Cómo reaccionar frente a este peligro? El socialismo y el ecologismo —o, por lo menos, algunas de sus corrientes— tienen objetivos comunes que implican un cuestionamiento de la autonomización de la economía, del reino de la cuantificación, de la producción como meta en sí misma, de la dictadura del dinero, de la reducción del universo social al cálculo de márgenes de rentabilidad y a las necesidades  de la acumulación del Capital. Ambos defienden los valores cualitativos: el valor de uso, la satisfacción de las necesidades,  la igualdad social, la preservación de la naturaleza, el equilibrio ecológico. Ambos conciben la economía como una “pieza” en el medio: social para el algunos, natural para otros.
Se dice : las divergencias de fondo son las que mantienen separados a los «rojos» y a los «verdes», a los marxistas de los ecologistas. Los activistas ecologistas acusan a Marx y Engels de productivismo. ¿Se justifica esta imputación? Sí y no.


No, en la medida en que nadie denunció tanto como Marx la lógica capitalista de la producción por la producción, la acumulación de capital, riquezas y mercancías como un fin en sí mismo. La misma idea de socialismo, contradiciendo la miserable falsificación de los burócratas, es la de una producción de valores del uso,  de bienes necesarios para la satisfacción de necesidades  humanas.


El objetivo supremo del progreso técnico para el socialismo de Marx no es el crecimiento infinito de posesiones («el tener») sino la reducción de la jornada de trabajo y el crecimiento  del tiempo libre («el ser»).


Sí, en la medida en que a menudo en los descubrimientos de Marx o Engels (y más todavía en el marxismo ulterior) hay una tendencia a hacer del «desarrollo de las fuerzas productivas» el vector principal del progreso, así como una posición poco crítica hacia la civilización industrial,  principalmente en su relación destructiva del medio ambiente.


En realidad, uno encuentra en los escritos de Marx y Engels elementos para nutrir ambas interpretaciones. La cuestión ecológica es, en mi opinión, el desafío más grande para un renovación del pensamiento marxista en el siglo XXI. Ésta exige a los marxistas una revisión crítica profunda de su concepción tradicional de las «fuerzas productivas», así como una ruptura radical con la ideología del progreso lineal y con el paradigma tecnológico y económico de la civilización industrial moderna. Walter Benjamin fue uno de los primeros marxistas del siglo XX que planteó este tipo de problemas: desde  1928,  en su libro Dirección  única, denunciaba la idea de dominación de la naturaleza como una «instrucción imperialista» y propuso una nueva concepción de la técnica como «dominio de la relación entre la naturaleza y la humanidad». Algunos años después, en sus «Tesis de filosofía de la historia» se propone enriquecer al materialismo histórico con ideas de Fourier, ese utópico visionario que había soñado «un trabajo que, lejos de explotar a la naturaleza, está en condiciones de aliviarla de las criaturas que duermen latentes en su seno».2


Hoy los marxismos todavía están lejos de haber colmado sus carencias en este terreno. Pero algunas reflexiones empiezan a abordar esta tarea. Una pista fecunda ha sido abierta por el activista ecológico y marxista norteamericano James O’Connor: es necesario agregar a la primera contradicción del  capitalismo la existente entre las fuerzas productivas y  las relaciones de producción, examinada por Marx, una segunda contradicción entre las fuerzas productivas y las condiciones de producción: los trabajadores, el espacio urbano, la naturaleza. Por su dinámica expansiva, el capital pone en peligro o destruye sus propias condiciones, empezando por el medioambiente natural —una posibilidad que Marx no había tenido suficientemente en consideración.3


Otro interesante acercamiento es sugerido en un reciente texto de un ecomarxista italiano: «La fórmula según la cual se produce una transformación de las fuerzas potencialmente productivas en fuerzas eficazmente destructivas, especialmente  respecto  al medioambiente, nos parece más conveniente y más significante que el esquema muy conocido de la contradicción entre fuerzas productivas (dinámicas) y relaciones de producción (que las encadenan a las primeras). Por otra parte, esta fórmula permite aportar un fundamento crítico y no apologético al desarrollo económico, tecnológico, científico y, por consiguiente, para elaborar un concepto de progreso ‘differentié’ [diferenciado] (E. Bloch).4


Sea marxista o no, el movimiento obrero tradicional en Europa —los sindicatos, partidos socialdemócratas  y comunistas—  sigue profundamente marcado aún por la ideología del «progreso» y por el productivismo y, en ciertos casos, defiende, sin mayor cuestionamiento, la energía nuclear o la industria del automóvil. Es verdad que un principio de sensibilización ecologista está  en proceso de desarrollarse, principalmente en los sindicatos y partidos de izquierda en los países nórdicos, en el Estado español, en Alemania, etc.
a gran contribución del ecologismo fue —y vuelve a ser— hacernos tomar conciencia de los peligros que amenazan al planeta como consecuencia del actual modo de producción y consumo. El crecimiento exponencial de agresiones  contra el medioambiente y la amenaza creciente de una ruptura del equilibrio ecológico configura un escenario catastrófico que pone en cuestión la supervivencia misma de la vida humana. Estamos confrontados con una crisis de civilización que exige algunos cambios radicales.


El problema es que las propuestas avanzadas por las corrientes dominantes del ecologismo político europeo son muy insuficientes o conducen a callejones sin salida. Su principal debilidad es ignorar la necesaria conexión entre el productivismo y el capitalismo, de conducir a la ilusión de un «capitalismo verde» o de reformas capaces de controlar sus «excesos» (como por ejemplo las ecotasas).  Toman como pretexto la imitación por las economías burocráticas despóticas del productivismo occidental, viendo como el capitalismo y el socialismo, hombro con hombro, constituían dos variantes del mismo modelo —un argumento que ha perdido su interés tras el hundimiento del pretendido «socialismo real».


Los ecologistas están  equivocados si creen poder hacer la crítica de la economía marxista del capitalismo: una ecología que no comprende la relación entre el «productivismo y la lógica de la ganancia está condenada al fracaso —o, peor, a la recuperación por el sistema. No faltan ejemplos de ello… La ausencia de una postura anticapitalista coherente ha conducido a la mayor parte de los partidos verdes europeos —en Francia, Alemania, Italia, Bélgica…— a convertirse en simples compañeros «eco-reformistas» de la gestión social-liberal del capitalismo en los gobiernos de centro-izquierda.


Considerando a los trabajadores como irremediablemente ganados por el productivismo, algunos ecologistas consideran un punto muerto al movimiento obrero, y han puesto en sus banderas: «ni izquierda, ni derecha». Los ex-marxistas convertidos al ecologismo declaran apresuradamente el «adiós a la clase obrera» (André Gorz), mientras que otros (Alain Lipietz) insisten en que es necesario salir de lo «rojo» —es decir, del marxismo o del socialismo— para adherirse a lo «verde», al nuevo paradigma que traería una respuesta a todos los problemas económicos y sociales.


Finalmente, en las corrientes llamadas «fundamentalistas» (o de la ecología profunda) se llega a esbozar, bajo el pretexto de luchar contra el antropocentrismo, una refutación al humanismo que conduce a posiciones relativistas, colocando a todas las especies  vivientes al mismo nivel. ¿Es necesario considerar verdaderamente que el bacilo de Koch o el mosquito anofelises tienen los mismos derechos a la vida que un niño enfermo de tuberculosis o malaria?


Qué  es  por consiguiente  el ecosocialismo? Se  trata  de  una corriente de pensamiento y de acción ecologista que hace suyos los principios fundamentales del marxismo —debidamente desembarazados  de los residuos productivistas. Para  los eco-socialistas, la lógica del mercado y la ganancia, del mismo modo que el autoritarismo burocrático del supuesto «socialismo real», es incompatible con las exigencias de la salvaguardia del medio ambiente natural. Todos critican la ideología de las corrientes dominantes del movimiento obrero, pero reconocen que los trabajadores y sus organizaciones son una fuerza esencial para la transformación radical del sistema, y para el establecimiento de una nueva sociedad, socialista y ecologista.


El ecosocialismo se ha desarrollado durante los últimos treinta años, gracias a trabajos de pensadores  de la talla de Manual Sacristán, Raymond Williams, Rudolf Bahro (en sus  primeros escritos) y André Gorz (ídem), como en las preciosas contribuciones de James O’Connor, Barry Commoner, John Bellamy Foster, Joël Kovel (EU), Joan Martínez  Allier, Francisco Fernández Buey, Jorge  Riechmann (Estado español), JeanPaul  Déléage,  Jean-Marie  Harribey (Francia), Elmar Altvater, Frieder Otto Wolff (Alemania) y muchos otros, que se  han expresado  en una red de revistas tales como: Capitalism, Nature and Socialism, Ecología Política, etc.


Esta  corriente está  lejos de ser políticamente homogénea,  pero la mayoría de sus  representantes  comparten ciertos temas  comunes.  En ruptura con el productivismo de la ideología del progreso —en su forma capitalista o burocrática— y en oposición a la expansión infinita de un modo de producción y consumo destructor de la naturaleza, representan una tentativa original de articular las ideas de un socialismo marxista con las conquistas de la crítica ecologista.


James  O’Connor define como ecosocialistas las teorías y movimientos que intentan subordinar el valor de cambio al valor de uso, mientras organizan la producción según las necesidades  sociales y los requisitos para la protección del medioambiente natural. Su meta, un socialismo ecológico, sería una sociedad racional ecológicamente fundamentada en el control democrático, la igualdad social y el predominio del valor del uso.5  Yo añadiría que esta sociedad supone la propiedad colectiva de los medios de la producción, una planificación democrática que permita a la sociedad definir metas de producción e inversiones, así como una nueva estructura de la fuerza productiva tecnológica.


El razonamiento ecosocialista reposa  sobre  dos argumentos  esenciales:


1.    El modo de producción y de consumo actual de los países desarrollados, fundados sobre la lógica de la acumulación ilimitada del capital, de ganancias,  de mercancías, de despilfarro de recursos,  de consumos ostentosos  y de destrucción acelerada del medioambiente, no puede de ningún modo ser extendido al conjunto del planeta más que en el escenario de una importante crisis ecológica; según  cálculos recientes,  si se  generalizara al conjunto de  la población mundial el consumo medio de  energía de EEUU, las reservas actuales de petróleo se agotarían en diecinueve años.6   Este sistema está, por tanto, necesariamente fundado en el mantenimiento y en el agravamiento de las escandalosas injusticias entre el Norte y el Sur.


2.    En este estado de cosas, la continuación del «progreso» capitalista y la expansión de la civilización fundada sobre la economía de mercado, que funciona bajo una forma brutalmente inequitativa, amenaza directamente, a medio plazo (toda previsión sería azarosa) la supervivencia misma de la especie humana. El cuidado de la naturaleza  es, por tanto, un imperativo humanista.


La racionalidad limitada del sistema capitalista, con sus cálculos inmediatistas de pérdidas y beneficios, es intrínsecamente contradictorio con una racionalidad ecológica que tome en consideración la temporalidad de los ciclos naturales largos. No se trata de oponer los «malos» capitalistas ecocidas con los «buenos» capitalistas verdes: es el sistema mismo, fundado en una competencia despiada, en las exigencias de rentabilidad, en la carrera de las altas tasas de ganancias, el que es destructor de los equilibrios naturales.


El pretendido «capitalismo verde» es sólo una maniobra publicitaria, una etiqueta puesta para vender una mercancía, o, en el mejor de casos, una iniciativa local equivalente a una gota de agua en la árida tierra del desierto capitalista.


Contra el fetichismo de la mercancía y la autonomización cosificada de la economía, acendrada a través de neoliberalismo, se pone en juego el futuro que es, para los ecosocialistas, la puesta en acción de la «economía moral», en el sentido que dió E.P. Thompson a este  término, es decir, una política económica fundada sobre  criterios no-monetarios y extra-económicos: en otros términos, la «reinbricación» de lo económico en lo ecológico, lo social y lo político.7


Las reformas parciales son completamente insuficientes: es necesario reemplazar la micro-racionalidad de la ganancia por una macroracionalidad social y ecológica, lo que requiere un cambio real de civilización.8  Ello es imposible sin una reorientación tecnológica profunda y apuntando al reemplazo de las fuentes actuales de energía por otras, no-contaminantes y renovables, como la energía eólica o la solar.9  La primera cuestión planteada es, entonces, sobre el control de los medios de producción y, sobre todo, de las decisiones de inversión y cambio tecnológico; de modo que deben arrebatarse a los bancos y a las empresas  capitalistas esos  medios y esas  decisiones para transformarse en bienes comunes de la sociedad. Ciertamente, el cambio radical no sólo involucra a la producción, sino también al consumo. Sin embargo, el problema de la civilización  burguesa/industrial  no es  —como pretenden a menudo algunos ecologistas— «el consumo excesivo» de la población, y la solución no es  una «limitación»  general del consumo, fundamentalmente en los países capitalistas avanzados. Es el tipo de consumo actual, fundado en  el desperdicio y la ostentación,  la alienación mercantil y la obsesión por acumular, lo que debe ponerse en cuestión.


Una reorganización en su conjunto del modo de producción y consumo es necesaria, fundada sobre criterios exteriores a los del mercado capitalista: en las necesidades  reales  de la población (no necesariamente en las de la población solvente) y la salvaguardia del medioambiente. En otros términos, una economía de transición al socialismo, «re-ajustada» (como diría Karl Polanyi) en el medio ambiente social y natural, porque está fundada en la opción democrática de prioridades e inversiones decididas por la población —y no por leyes del mercado o por un politiburó omnisciente. En otros términos de nuevo: una planificación democrática local, nacional, y, tarde o temprano, internacional, definiendo: 1) qué productos deben  subvencionarse o tener una distribución gratuita ; 2) qué opciones energéticas deben ser permitidas, aunque no sean, en un primer momento, las «rentables»; 3) cómo reorganizar el sistema de transportes, según criterios sociales y ecológicos;
4) qué medidas se  toman para reparar, lo más rápidamente posible, los gigantescos daños al medio ambiente dejados «en herencia» por el capitalismo. Y así sucesivamente…


Esta transición no sólo conduciría a un nuevo modo de producción y a una sociedad igualitaria y democrática, sino también a un modo de vida alternativo, una nueva civilización, ecosocialista, más allá del reino del dinero, de los hábitos de consumo artificialmente inducidos por la publicidad y de la producción al infinito de mercancías que dañan el medio ambiente (¡el automóvil privado!).


¿Utopía?  En el sentido etimológico («ningún lugar»), sin duda. Pero si ya no creemos,  como Hegel, que «todo lo que es real es racional, y todo lo que es racional es real», ¿cómo pensar una racionalidad sustancial sin hacerse  llamar utopía? La utopía es indispensable en el cambio social, con tal de que se funde en las contradicciones de la realidad y en los movimientos sociales reales. Este es el caso del ecosocialismo, que propone una estrategia de alianza entre los «rojos y los verdes» —no en el sentido político estrecho de los partidos socialdemócratas y de los partidos verdes, sino en un sentido más amplio, es decir, entre el movimiento obrero y el movimiento ambientalista —y de solidaridad con los oprimidos y explotados del Sur.


Esta alianza implica que el ecologismo renuncia a las tentaciones del naturalismo antihumanista y abandona su pretensión de reempazar la crítica de la economía política. Esta convergencia también implica que el marxismo se desembarace de su productivismo, sustituyendo el esquema mecanicista de la oposición entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción que las limitan, por la idea, mucho más fecunda, de una transformación de las fuerzas potencialmente productivas como fuerzas efectivamente destructivas que son la utopía revolucionaria de un socialismo verde o de un comunismo solar no significa que uno no debe actuar desde hoy mismo. Pero no tener ilusiones sobre la posibilidad de «ecologizar» al capitalismo no significa que no debe comprometerse  con el combate por reformas  inmediatas.  Por ejemplo, algunas formas de ecoimpuestos pueden ser útiles, a condición de que sean portadores de una lógica social igualitaria (hacer pagar a los contaminadores y no a los consumidores), y que se acabe con el mito de un cálculo económico del «precio de mercado» de cada daño ecológico: ésta es una variable incomensurable desde el punto de vista monetario. Tenemos necesidad desesperada  de ganar tiempo, de luchar inmediatamente por la prohibición de los CFCs (clorofluocarburados) que destruye la capa de ozono, por una prohibición de los OGM (Organismos Genéticamente Modificados), por una severa  limitación de los gases  responsables  del efecto  invernadero, por privilegiar los transportes  públicos por encima del uso del automóvil individualista, contaminante y anti-social.11


La trampa que nos amenaza en este  terreno es  ver nuestras  reivindicaciones tomadas  positivamente en  cuenta,  pero  vaciadas  de contenido. Un caso paradigmático es el «Acuerdo de Kyoto» sobre el cambio climático, en el que se previó una reducción mínima del 5% en relación a 1990 —lo que era totalmente insuficiente para tener resultados efectivos— en la emisión de gases responsables del calentamiento global del planeta. Como se sabe, EEUU, principal fuerza responsable de la emisión de gases,  rehusó obstinadamente  firmar ese  acuerdo; en cambio, Europa, Japón y Canadá sí lo firmaron, pero reordenando sus términos —con el famoso «mercado de derechos de emisión» o el reconocimiento del supuesto «bien del carbono»—, que todavía reduce más el alcance,  ya muy limitado, de dicho acuerdo.  En lugar de los intereses a largo plazo de la humanidad, predominaron aquellos que, a simple vista, son los de las multinacionales del petróleo y del complejo industrial del automóvil.12


La lucha por reformas eco-sociales puede ser portadora de una dinámica de cambio, de «transición» entre las demandas mínimas y el programa máximo, a condición de que rechace los argumentos y las presiones de los intereses dominantes, de apelar a las reglas del mercado, la competitividad o la «modernización». Algunas demandas inmediatas son ya, o rápidamente pueden convertirse en, el lugar de una convergencia entre los movimientos sociales y los movimientos ecologistas, entre sindicalistas y conservacionistas, entre rojos y verdes:


     La promoción del transporte público —trenes,  metros, camiones, tranvías—, bien organizado y gratuito, como alternativa a los embotellamientos y a la contaminación de ciudades y campos debido al coche privado y al sistema de infraestructuras de transporte.
     La lucha contra el sistema de la deuda y los «ajustes ultra-neoliberales» impuestos por el FMI y el Banco Mundial a los países del Sur, con consecuencias  sociales y ecológicas dramáticas: el desempleo masivo, la destrucción de los sistemas de protección social y de las culturas vivientes, la destrucción de los recursos naturales por la exportación.
•      La defensa  de la salud pública contra la polución del aire, del agua (acuíferos) o de la comida, por la avaricia de las grandes empresas capitalistas.
    La reducción del tiempo de trabajo como respuesta al desempleo y como visión de la sociedad que privilegia el tiempo libre respecto a la acumulación de bienes y mercancías.13


Sin embargo, en la lucha por una nueva civilización, a la vez más humana y más respetuosa de la naturaleza, el conjunto de los movimientos sociales emancipadores deben asociarse.  Como lo dice tan bien Jorge Riechmann:


«Este proyecto no es  capaz de renunciar a ninguno de los colores del arcoiris: ni al rojo del movimiento obrero anticapitalista e igualitario, ni al violeta de las luchas por la liberación de la mujer, ni al blanco de los movimientos no violentos por la paz, ni al anti-autoritario negro de los libertarios y anarquistas, y mucho menos al verde de la lucha por una humanidad justa y libre sobre un planeta habitable».14
El ecologismo social ha devenido una fuerza social y política presente sobre la tierra en la mayor parte de los países europeos, y también, hasta cierto punto, en EEUU. Pero nada sería más falso que considerar que las cuestiones ecológicas sólo preocupan a los países del Norte —que son un lujo de las sociedades  ricas. Cada vez más se desarrollan en los países del capitalismo periférico —en el «Sur»— los movimientos sociales con una dimensión ecológica.


Estos movimientos reaccionan ante un agravamiento creciente de los problemas ecológicos de Asia, África y América Latina, como consecuencia de una política deliberada de «exportación de la polución» por los países imperialistas. Esta política, además,  tiene una «legitimación económica insuperable» —desde  el punto de vista de la economía capitalista de mercado— formulado recientemente por un experto eminente del Banco Mundial, el Sr. Lawrence Summers: ¡los pobres cuestan menos caros! Por citar sus propios términos: «la medición  de costos de la polución dañina a la salud depende  de los rendimientos perdidos debidos a la morbilidad y la mortalidad acrecentadas.  Desde este punto de vista, una cuantificación dada de polución dañina a la salud deberá ser realizada en los países con los costos más bajos es decir, en los países con los salarios más bajos».15


Una formulación cínica que revela la lógica del capital global mucho mejor que todos los discursos sedantes  sobre el «desarrollo» producidos por las instituciones financieras internacionales.


Se  ve aparecer  así en los países  del Sur esos  movimientos que Joan Martinez-Alier llama «la ecología de los pobres» o también «neonarodnismo ecológico», esto es, las movilizaciones populares en defensa de la agricultura campesina, y del acceso  comunal a los recursos  naturales,  amenazados  de  destrucción por la expansión agresiva del mercado (o del Estado), así como por las luchas contra el deterioro del medioambiente provocado por el intercambio desigual, la industrialización  dependiente,  las manipulaciones genéticas  y el desarrollo del capitalismo (los «agronegocios») en el campo.


A menudo, estos  movimientos no se  definen como ecologistas, aunque su lucha tiene una dimensión ecológica determinante.16
Ni que decir tiene que estos movimientos no se oponen a mejoras traídas por el progreso tecnológico: al contrario, la reivindicación de electricidad, agua  corriente, alcantarillados y una  multiplicación  de instalaciones sanitarias son parte de su plataforma de reivindicaciones. A lo que se niegan es a que la polución y la destrucción de su hábitat natural se haga en nombre de las leyes del mercado y de los imperativos de la «expansión» capitalista.


Un texto reciente del dirigente campesino peruano Hugo Blanco expresa notablemente el significado de esta «ecología de los pobres»:
«A primera vista, el conservacionista aparece como el tipo, el tipo ligeramente loco, para el cual el principal objetivo en la vida es prevenir la desaparición de las ballenas azules o los osos pandas. La gente común tiene cosas más importantes de las que preocuparse, por ejemplo, cómo conseguir diariamente el pan.  […] Sin embargo, existe en Perú un gran número de personas que son conservacionistas. Por supuesto,  si uno les dice, «usted es ambientalista», ellos probablemente contestarán «ecologista su hermana»… y todavía: ¿habitantes de la ciudad de Ilo y de los pueblos circundantes, en lucha contra la polución provocada en  Perú  del sur por la Corporación Cobriza son considerados  conservacionistas o no? […] ¿Y la población del Amazonas, no es completamente ambientalista, dispuesta a morir por defender sus bosques  contra la depredación? Del mismo modo que lo es la población pobre de Lima, cuando protesta contra la polución de las aguas».17


Entre las innumerables demostraciones de «la ecología de los pobres», un movimiento es particularmente ejemplar, por su alcance a la vez social y ecológico, local y global, rojo y verde: la lucha de Chico Mendes y la Unión de  Gentes  del Bosque  en  defensa  del Amazonas brasileño, contra el trabajo destructor de los terratenientes y los agronegocios multinacionales.


Recordemos brevemente los momentos principales de esta  confrontación. Militante sindical ligado a la Central Única de Trabajadores,   partidario del nuevo movimiento representado  por el socialista Partido de los Trabajadores, Chico Mendes organizó, a principios de los años  80,  ocupaciones de tierras por los campesinos  que vivían de la extracción de caucho (seringueiros) contra los latifundistas que enviaban sus excavadoras contra los bosques  para convertirlos en pastizales. En un segundo  momento tiene éxito organizando a  los campesinos, a los obreros agrícolas, a los seringueiros, a los sindicalistas y a las tribus indígenas —con el apoyo de las comunidades de base de la Iglesia— en la Alianza de los Pueblos del Bosque, que hace  fracasar  muchas  tentativas de  deforestación.  El eco  internacional de estas  acciones le vale en 1987  el Premio Ecológico Global aunque, poco tiempo después,  en diciembre de 1988,  los latifundistas le expresan su estima por su combate y mandan a sus pistoleros para asesinarle.


Por su articulación entre socialismo y ecología, luchas campesinas e indígenas, supervivencia de poblaciones locales y salvaguardia del entorno global (la protección de la última gran selva tropical), este movimiento pudo convertirse en un ejemplo de las futuras movilizaciones populares en el «Sur».


Hoy, a principios del siglo XXI, el ecologismo social se ha convertido en uno de los ingredientes más importantes del vasto movimiento contra la globalización capitalista neoliberal, que también está en proceso de desarrollarse en el Norte y en el Sur del planeta. La masiva presencia de activistas ambientalistas fue uno de los rasgos llamativos de la gran manifestación de Seattle contra la Organización Mundial del Comercio en 1999.  Y en el movimiento del Foro Social Mundial de Porto Alegre en 2001,  uno de los actos simbólicos más fuertes del evento fue la operación conjunta entre militantes del Movimiento Sin Tierra, de campesinos brasileños, y activistas de la Confederación Francesa de Campesinos de José Bové, en la que se destruyó una plantación de maíz transgénico de la multinacional Monsanto. La lucha contra la multiplicación desenfrenada  de los organismos genéticamente modificados (OGM) moviliza en Brasil, en Francia y en otros países, no sólo al movimiento ecologista, sinó también al movimiento campesino, y a una parte de la izquierda, con la simpatía de la opinión pública, la preocupación por las consecuencias  imprevisible de las manipulaciones transgénicas en la salud pública y el ambiente natural.


La lucha contra la mercantilización del mundo y la defensa del medioambiente, la resistencia a la dictadura de las multinacionales, el combate por la ecología, todo ello está  íntimamente ligado en  la reflexión y la práctica del movimiento mundial contra la globalización del capitalismo neoliberal.

NOTAS


1. Ver al respecto  la excelente obra de Joel Kovel, The Ennemy of Nature. The end of capitalism or the end of the world?, Zed Books, Nueva York, 2002.


2. W. Benjamin, Dirección única, Alfaguara, Madrid, 2002  y «Tesis de la filosofía de la historia», en Discursos interrumpidos, Taurus, Madrid, 1973.  Se puede mencionar también al socialista austriaco Julius Dickmann, autor de un ensayo pionero publicado en 1933 en  La critique sociale. Según  él, el socialismo sería el resultado, no de  un «desarrollo impetuoso de  las fuerzas productivas», sino sobre  todo una necesidad  impuesta por el «encogimiento de la reservas naturales» dilapidadas por el capital. El desarrollo «irreflexivo» de las fuerzas productivas por el capitalismo mina las condiciones mismas de la existencia del género humano. («El verdadero límite de la producción capitalista», La critique sociale, n° 9, septembre de 1933).


3. James  O’Connor, «La segunda contradicción del capitalismo: causas y consecuencias», Actuel Marx  n° 12, «L’écologie, ce matérialisme historique», París, 1992,  pp. 30 a 36.


4. Tiziano Bagarolo, «Encore sur marxisme et écologie», Quatrième Internationale,  n° 44, París, mayo-julio de 1992,  p.25.


5. James  O’Connor, Natural Causes.  Essays in Ecological Marxism, The Guilford Press, Nueva York,1998, pp. 278, 331.


6. M. Mies, «Liberación del consumo o politizacion de la vida cotidiana», Mientras Tanto,
n° 48, Barcelona, 1992,  p. 73.


7. Cfr. Daniel Bensaïd, Marx intempestivo, Herramienta, Buenos Aires, 2003,  pp. 385  a
386 y p. 396 y Jorge Riechmann, ¿Problemas con los frenos de emergencia? Revolución, Madrid, 1991,  p. 15.


8. Ver el notable ensayo de Jorge Riechmann, «El socialismo puede llegar solo en bicicleta»,
Papeles de la Fundación de Investigaciones Marxistas,  Madrid, n° 6, 1996.


9. Ciertos marxistas reivindican ya un «comunismo solar»: véase David Schwartzman, «Solar
Communism», Science  and Society. Special issue «Marxism and Ecology», vol. 60 ; n° 3,
1996.
10. Daniel Bensaïd, Marx Intempestivo, pp. 391 y 396.


11. Jorge Riechmann, «Necesitamos una reforma fiscal guiada por criterios igualitarios y ecológicos», en De la economía a la ecología, Trotta, Madrid, 1995,  pp. 82-85.


12. Véase el esclarecedor análisis de John Bellamy Foster, «Ecology against Capitalism»,Monthly Review. vol. 53, n° 5, octubre de 2001,  pp. 12-14.


13. Ver Pierre Rousset, «Convergence de combats. L’écologique et le social», Rouge, París,


16 de mayo de 1996,  pp. 8-9.


14. Jorge Riechmann, «El socialismo puede llegar solo en bicicleta», cit., p. 57.


15. Cfr. «Let them eat pollution», The Economist, 8 de febrero de 1992.


16.   Joan   Martínez-Alier, «Political Ecology,  Distributional Conflicts,  and   Economic Incommensurability», New Left Review, n° 211, mayo-junio de 1995,  pp. 83-84.


17.  Artículo en el periódico La República, Lima, 6 abril 1991  (citado por Martínez-Alier,
Ibid. p. 74)

 

 

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