Estamos frente a un nuevo momento conservador que busca su legitimidad a través de la religión

El gobierno de Dios y de la derecha

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 EDUARDO ADRIANZEN

 

Fabricio Alvarado, candidato a la presidencia de Costa Rica, con la ayuda de Dios
 

 

  Más allá del uso abusivo y hasta ridículo que hace el diario El País (y también muchos intelectuales, políticos y periodistas) del concepto “populista”, lo cierto es que estamos frente a una ofensiva integrista y conservadora que está permitiendo la unidad entre sectores evangélicos y católicos.


La última elección presidencial en Costa Rica es, acaso, la más reciente demostración de la importancia política que vienen alcanzando las corrientes evangélicas y/o pentecostales en América Latina. Si bien el candidato Fabricio Alvarado Muñoz, ex diputado, ex presentador de televisión, cantante y compositor de música evangélica ha perdido las elecciones presidenciales en segunda vuelta frente a Carlos Alvarado, también cantante, pero de una banda de rock progresivo, y militante del centro izquierda, su presencia y actuación en estas elecciones no deja de sorprender a propios y extraños.

Fabricio Alvarado ganó la primera vuelta, entre otras causas, al enfrentarse a una resolución de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, dada a conocer en los momentos de la campaña electoral, que reconocía en su país y otros más en América Latina, el matrimonio entre personas del mismo sexo. También por oponerse abiertamente al aborto y al derecho de los grupos GLBT. Alvarado, en uno de sus discursos dijo: “Queremos una Costa Rica con esos principios y esos valores que nos enseñaron desde niños y que se han ido perdiendo, pues se ha tratado de sacar a Dios de la Constitución, de la educación, y yo creo que a Dios hay que meterlo en el Gobierno”.

Hoy en países de Centroamérica como Guatemala, Honduras y Nicaragua los grupos evangélicos (también se les puede llamar cristianos, pentecostales o neopentecostales) representan un poco más del 40 por ciento de la población; mientras que, en otros países de la región, como en Brasil, su influencia política es significativa. Una figura importante de los sectores evangélicos en este país, es Jair Bolsonaro, exmilitar, diputado y máxima figura del Partido Social Cristiano (PSC). Bolsonaro al votar a favor del juicio político a la expresidenta Rouseff no solo reivindicó la tortura durante la dictadura militar en su país sino también al torturador de la expresidenta.

En uno de sus primeros discursos por el PSC, Bolsonaro dijo en el Congreso: “Dios está por encima de todo, no me vengan con eso de Estado laico, el Estado es cristiano, y la minoría que esté en contra de eso que se cambie de país” (www.eldesconcierto.cl/2017/07/23/jair-bolsonaro-el-ultra-derechista-que-quiere-y-puede-ser-presidente-de-brasil/) .En la actualidad es candidato a la presidencia y ocupa el segundo lugar, después de Lula, en todas las encuestas. Se calcula que los sectores evangélicos o cristianos podrían estar bordeando el 20 por ciento de la población en América Latina.

Por eso es un error calificar lo sucedido en Costa Rica, como lo hace el diario El País, como una “derrota del populismo evangélico”. Más allá del uso abusivo y hasta ridículo que hace este diario (y también muchos intelectuales, políticos y periodistas) del concepto “populista”, lo cierto es que estamos frente a una ofensiva integrista y conservadora que está permitiendo la unidad entre sectores evangélicos y católicos.

En realidad, no son necesariamente coincidencias teológicas lo que une a estos sectores sino más bien plataformas políticas y conservadoras que buscan oponerse a una concepción laica del Estado y de la sociedad, y al carácter privado de la religión, y que buscan controlar el poder para imponer, como dice Bobbio del integrismo, “un sistema de vida y pensamiento (global y unitario) aplicados a todas las necesidades de la sociedad moderna”. Expresiones de esta nueva alianza en nuestro país, son los colectivos “Con mis hijos no te metas” o “Padres en Acción”, como también las marchas por la vida donde desfilan juntos evangélicos (o cristianos) y católicos conservadores.

Por eso me parece importante redefinir a estos grupos religiosos no como populistas sino como parte de un movimiento mayor que lo podemos calificar de extremismo de derecha, conservador, tradicionalista y reaccionario, y que va más allá del discurso religioso, y que están propiciando, como ha dicho el New York Times (07/02/18) un nuevo conservadurismo cultural y provocando, como afirma un reciente artículo de la BBC sobre Brasil (03/04/18), que “las ideas conservadoras más generales están disfrutando un nuevo renacer”. Estamos frente a un nuevo momento conservador que busca su legitimidad a través de la religión.

 
 

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